sábado, 11 de marzo de 2017

Minorías cristianas absorbidas por el naciente Islam

Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia

Conflicto sobre la doctrina de la unidad de Dios
Primera reforma o reforma del mediodía


Juan Guillermo Draper


Los egipcios insisten en la introducción del culto de la Virgen María. – Son combatidos por Nestorio, patriarca de Constantinopla; mas por su influencia con el Emperador obtienen el destierro de Nestorio y la dispersión de sus secuaces. – Preludio de la reforma del Mediodía. – Ataque de los Persas; su efecto moral. – Reforma arábiga. – Relaciones de Mahoma con los nestorianos. Adopta y extiende sus principios, rechazando el culto de la Virgen, la doctrina de la Trinidad y todo lo que es opuesto a la unidad de Dios. – Extingue por la fuerza ola idolatría en Arabia y se previene a hacer la guerra al imperio romano. – Sus sucesores conquistan la Siria, el Egipto, el Asia menor, el Norte del África, la España e invaden la Francia. – Como resultado de este conflicto, la doctrina de la unidad de Dios se establece en la mayor parte del imperio romano. – Se restaura el cultivo de las ciencias y el cristianismo pierde muchas de sus más ilustres capitales, como Alejandría, Cartago, y sobre todas Jerusalem.
La política de la corte bizantina había dado al primitivo cristianismo una forma pagana, la cual se había extendido por todos los pueblos idólatras que constituían el imperio. Se había verificado una amalgama de los dos partidos: el cristianismo había modificado al paganismo y éste al cristianismo. Los confines del imperio romano eran los límites de esta religión adulterada. [72]
Al mismo tiempo que esta gran extensión, adquirió el partido cristiano influencia política y riquezas, y una parte no pequeña de las vastas rentas públicas se deslizaba en los tesoros de la Iglesia. Como sucede en tales casos, hubo muchos pretendientes al botín, hombres que bajo la máscara del celo por la fe predominante, pensaban tan sólo en los placeres que sus emolumentos podían proporcionarles.
En tiempo de los primeros emperadores alcanzó la conquista su apogeo, el imperio estaba completo y había pasado la época de la vida militar, de las empresas guerreras y del saqueo de las provincias. Ante los ambiciosos se abría, empero, otra senda: otros horizontes se presentaban; una carrera afortunada en la Iglesia conducía a resultados dignos de compararse con los que en días anteriores se obtenían en el ejército.
Las historias de aquel tiempo, tanto eclesiásticas como políticas, se extienden mucho al referir las luchas que por la supremacía sostuvieron entre sí los obispos de las tres grandes ciudades metropolitanas, Constantinopla, Alejandría y Roma. Constantinopla fundaba sus pretensiones en el hecho de ser la ciudad imperial existente; Alejandría aducía su posición literaria y comercial, Roma, sus recuerdos. El patriarca de Constantinopla luchaba con desventaja, por hallarse no sólo bajo la vigilancia del Emperador, sino muy al alcance de su mano, lo cual tuvo ocasión de experimentar con frecuencia. La distancia daba seguridad a los obispos de Alejandría y de Roma.
Las disputas religiosas del Oriente consistían por lo general en diversidad de opiniones respecto de la naturaleza y atributos de Dios; versaban en el Occidente sobre las relaciones y la vida del hombre. Esta particularidad [73] se ha manifestado de un modo notable en las transformaciones que el cristianismo ha sufrido en Asia y Europa respectivamente. Por esta causa, en el tiempo a que hacemos referencia, todas las provincias orientales del imperio romano mostraban una completa anarquía intelectual; hubo violentas querellas sobre la Trinidad, la esencia de Dios, la posición del Hijo, la naturaleza del Espíritu Santo y las influencias de la Virgen María. Los triunfantes clamores, ora de una secta, ora de otra, se confirmaban con milagros a veces, y a veces con efusión de sangre. Jamás se pensó en destruir las opiniones rivales por un examen lógico; todos los partidos convenían, sin embargo, en que la impostura de la antigua y clásica forma de la fe pagana se había demostrado por la facilidad con que se derrumbó. Los triunfantes eclesiásticos proclamaban que las imágenes de los dioses no habían sido capaces de defenderse cuando llegó la hora de prueba.
Las ideas politeístas han sido siempre simpáticas a las razas meridionales de Europa; las monoteístas, a las semíticas. Tal vez, como indica un autor moderno, es esto debido a que una panorama de valles y montañas, de islas, ríos y golfos, predispone al hombre a creer en una multitud de divinidades. Un vasto desierto de arena, el Océano ilimitado, llevan consigo la idea de un solo Dios.
Razones políticas habían hecho que los emperadores mirasen con benevolencia la mezcla del cristianismo y el paganismo, y sin duda por este medio se abatió algún tanto la rivalidad entre los dos antagonistas. El cielo del popular, del elegante cristianismo, era el antiguo Olimpo, despojado de las venerables divinidades griegas. En él, sobre un gran trono blanco, se sentaban Dios Padre, a su derecha el Hijo y luego la bendita Virgen, envuelta [74] en vestiduras de oro y «cubierta con varios adornos femeniles»; a la izquierda se sentaba el Dios Espíritu Santo. Rodeando estos tronos había legiones de ángeles con arpas. El vasto espacio que se extiende detrás estaba cubierto de mesas en las que los espíritus de los bienaventurados gozaban de un banquete eterno.
Si las personas iliteratas, satisfechas con la descripción de esta felicidad, jamás se preocupaban por saber cómo se habían llevado a cabo los detalles de semejante cielo, ni trataban de averiguar qué placer puede obtenerse en la languidez de esta eternidad inmutable, de esta perpetua escena, no ocurría lo mismo a las personas inteligentes. Como veremos pronto, algunos elevados eclesiásticos rechazaron con horror estas concepciones carnales y groseras, alzando sus voces de protesta en vindicación de los atributos del Omnipotente, del Dios Todopoderoso.
Iba teniendo lugar en todas direcciones la paganización de la religión y vino a ser de gran interés para los obispos amoldarse a las ideas que de tiempo inmemorial prevalecían en la comunidad a su cargo. Los egipcios habían impuesto a la Iglesia sus opiniones particulares sobre la Trinidad, y en esta época se hallaban resueltos a resucitar el culto de Isis bajo otra forma, la adoración de la Virgen María.
Sucedió, pues, que Nestorio, obispo de Antioquía, que participaba de las ideas de Teodoro de Mopsuesta, fue llamado por el emperador Teodosio el Joven, para ocupar el episcopado de Constantinopla (427). Nestorio rechazaba el bajo antropomorfismo vulgar, considerándolo blasfemo, y se representaba en cambio una divinidad temible, eterna, que llena el universo y sin ninguno de los aspectos o atributos del hombre. Nestorio estaba profundamente [75] imbuido en las doctrinas de Aristóteles e intentó coordinarlas con los que consideraba dogmas ortodoxos cristianos. Entre él y Cirilo, obispo o patriarca de Alejandría, se levantó con tal motivo una querella. Cirilo representaba el partido pagano del cristianismo, y Nestorio el partido filosófico de la Iglesia; este Cirilo era el asesino de Hipatia y estaba decidido a que se estableciese el culto de la Virgen María como madre de Dios; Nestorio a su vez estaba decidido a combatirlo. En un sermón predicado en la iglesia metropolitana de Constantinopla, vindicó los atributos del Dios eterno Todopoderoso. «¿Y puede este Dios tener una madre?» exclamó. En otros escritos y sermones estableció con más precisión sus ideas: la Virgen debía considerarse, no como madre de Dios, sino como madre de la parte humana de Cristo, siendo esta parte tan distinta esencialmente de la divina, como puede serlo un templo de la deidad que contiene.
Instigados los monjes de Constantinopla por los de Alejandría, tomaron las armas en defensa de «la Madre de Dios». La querella subió a tal punto, que el Emperador se vio obligado a convocar un concilio, que se reunió en Éfeso. Mientras tanto, había Cirilo sobornado por algunas libras de oro al jefe de los eunucos de la corte imperial, alcanzando por tal medio la influencia de la hermana del Emperador. «La santa virgen de la corte del cielo halló así un aliado de su propio sexo en la santa virgen de la corte del Emperador.» Cirilo acudió prestamente al concilio, acompañado por una turba de hombres y mujeres de la clase más baja de la sociedad. Se apoderó en seguida de la presidencia, y en medio del tumulto leyó el edicto del Emperador antes de que pudieran llegar los obispos de Siria; un solo día bastó para completar [76] su triunfo; todos los ofrecimientos de Nestorio para procurar un arreglo fueron desechados; no se leyeron sus explicaciones y fue condenado sin oírsele. Los sacerdotes de Siria celebraron a su llegada una reunión para protestar; un motín muy sangriento que se verificó en la catedral de San Juan fue la consecuencia. Nestorio, abandonado por la corte y desterrado a un oasis de Egipto, fue atormentado por sus perseguidores con cuantos medios tuvieron a mano durante toda su vida; a su muerte vociferaron que «¡su lengua blasfema había sido comida de gusanos y que de los ardores de un desierto egipcio había escapado para caer en los mayores tormentos del infierno!»
La caída y castigo de Nestorio no habían destruido sin embargo sus opiniones; él y sus partidarios insistían en la recta deducción del último versículo del primer capítulo de San Mateo y del quincuagesimoquinto y sexto del decimotercero del mismo Evangelio, y no podían venir a reconocer la perpetua virginidad de la nueva reina del cielo. Sus tendencias filosóficas se manifestaron pronto por sus acciones. Mientras su jefe estaba atormentado en el oasis africano, muchos discípulos emigraron al Éufrates y establecieron la Iglesia caldea; bajo sus auspicios, se fundó el colegio de Edessa; del de Nisibe salieron aquellos doctores que extendieron las doctrinas de Nestorio por la Siria, la Arabia, la India, la Tartaria, la China y el Egipto. Los nestorianos adoptaban por supuesto la filosofía de Aristóteles y tradujeron las obras de este gran escritor al siriaco y al persa; hicieron también traducciones semejantes de obras posteriores, como las de Plinio. En unión con los judíos, fundaron el Colegio de Medicina de Djondesabour; a tal extremo diseminaron sus misioneros en el Asia la forma nestoriana [77] del cristianismo, que sus adoradores llegaron a sobrepujar a todos los cristianos europeos de las Iglesias romana y griega reunidas; debe notarse particularmente que tenían un obispo en Arabia.
Las disensiones entre Constantinopla y Alejandría habían llenado, pues, de sectarios toda el Asia occidental; feroces en sus contiendas, alimentaban muchos de ellos un odio terrible contra el poder imperial por las persecuciones que les había impuesto. Una revolución religiosa que afectó al mundo entero, y cuyas consecuencias experimentamos todavía, fue el resultado.
Obtendremos una idea clara de este gran suceso, si consideramos separadamente los dos actos en que puede descomponerse: 1º La caída temporal de la cristiandad asiática, ocasionada por los persas. 2º La reforma decisiva y final bajo los árabes.
1. Sucedió en el año 590, que por una de esas revoluciones tan frecuentes en las cortes orientales, Cosroes, heredero por la ley del trono de Persia, se vio obligado a refugiarse en el imperio bizantino y a implorar la ayuda del emperador Mauricio; fuele esta concedida alegremente, y una breve y feliz campaña colocó a Cosroes en el trono de sus mayores.
Pero la gloria de esta generosa campaña no preservó al mismo Mauricio. Un motín estalló en el ejército romano capitaneado por el centurión Focas; las estatuas del Emperador fueron derribadas y el patriarca de Constantinopla declaró haberse penetrado de la ortodoxia de Focas y lo consagró emperador. El infortunado Mauricio fue arrancado del santuario en que había buscado asilo, y sus cinco hijos fueron decapitados a su vista, sufriendo él a poco la misma suerte. La Emperatriz fue sacada con engaño de la Iglesia de Santa Sofía, sometida [78] al tormento y decapitada con sus tres jóvenes hijas. Los adeptos de la familia asesinada fueron perseguidos con ferocidad; arrancaron a unos los ojos, a otros la lengua, cortaron a estos los pies y las manos, apalearon a esos otros hasta morir, y algunos fueron quemados.
Cuando llegaron a Roma estas noticias, recibiólas el papa Gregorio con regocijo y rogó para que la mano de Focas fuera fortalecida contra todos sus enemigos; como recompensa de este servicio, fue agraciado con el título de Obispo Universal. Es indudable que las causas que hicieron obrar de esta suerte a Gregorio y al patriarca de Constantinopla eran que Mauricio estaba tachado de tendencias hacia el magismo, al que había sido inducido por los persas; el populacho de Constantinopla, al perseguirlo por las calles, le había calificado de marcionita, secta que creía en la doctrina maga de los dos principios opuestos.
Con sentimientos bien distintos oyó Cosroes la muerte de su amigo. Focas le había enviado las cabezas de Mauricio y de sus hijos; el rey persa apartó con horror la vista de este terrible espectáculo y se alistó con presteza para vengar por la guerra las injurias causadas a su bienhechor.
El exarca de África, Heraclio, uno de los primeros oficiales del Estado, recibió también con indignación las horribles noticias y no quiso sufrir que la púrpura imperial fuese usurpada por un oscuro centurión de aspecto repugnante. «Era Focas pequeño, deforme, barbilampiño; tenía las cejas espesas y unidas por la frente; el pelo rojo y las mejillas desfiguradas y descoloridas por una formidable cicatriz; ignorante en las letras, en las leyes y aún en las armas, sus cualidades consistían en la lujuria y la embriaguez.» Al principio, Heraclio le rehusó [79] obediencia y tributo; luego, obligado por la edad y los achaques, confió a su hijo, que se llamaba como él, la peligrosa empresa de la defensa. Un próspero viaje desde Cartago colocó pronto al joven Heraclio enfrente de Constantinopla. El clero inconstante, el Senado y el pueblo de la ciudad se le unieron, y el usurpador fue preso en su palacio y decapitado.
Pero la revolución que había tenido lugar en Constantinopla no detuvo los movimientos del rey persa; sus sacerdotes magos le habían anunciado que obrase independientemente de los griegos, cuya superstición declaraban que se apartaba de toda verdad y de toda justicia. Cosroes, por lo tanto, cruzó el Éufrates; su ejército fue acogido con alegría por los sectarios de la Siria y en todas partes estallaron insurrecciones en su favor. Rindiéronse sucesivamente Antioquía, Cesárea y Damasco; Jerusalem fue tomada por asalto; el sepulcro de Cristo, las iglesias de Constantino y Elena fueron entregadas a las llamas; la cruz del Salvador fue llevada como trofeo a la Persia; las iglesias fueron despojadas de sus riquezas; y las sagradas reliquias, reunidas por la superstición, fueron dispersadas. Siguió a esto la invasión del Egipto, su conquista y su anexión al imperio persa; el patriarca de Alejandría se salvó, fugándose a Chipre; la costa africana hasta Trípoli quedó dominada. Al Norte, el Asia menor fue sometida, y durante diez años las fuerzas persas acamparon en las orillas del Bósforo, frente a Constantinopla.
Heraclio, en su extremidad, solicitó la paz. «Nunca concederé la paz al Emperador de Roma», replicó el altivo persa, «hasta que haya abjurado de su Dios crucificado y abrazado el culto del Sol.» Tras largo tiempo se obtuvieron, sin embargo, condiciones de paz, y le imperio [80] romano pudo rescatarse al precio «de mil talentos de oro, mil talentos de plata, mil trajes de seda, mil caballos y mil vírgenes.»
Pero Heraclio accedió únicamente por un momento. Halló medios, no sólo de restablecer sus asuntos, sino de tomar la ofensiva contra el imperio persa, y las operaciones que llevó a cabo para obtener este resultado fueron dignas de los mejores tiempos de Roma.
Aunque el imperio romano recobró por este medio su nombre militar, volviendo a ganar su territorio, sin embargo, había perdido algo irremisiblemente. La fe religiosa nunca pudo restaurarse. A la faz del universo había el magismo insultado al cristianismo, profanando sus lugares más sagrados, Bethlehem, Gethsemaní, el Calvario; quemando el sepulcro de Cristo, saqueando y destruyendo las iglesias, arrojando al viento preciadas reliquias y llevándose entre burlas y risas el Santo Madero.
Los milagros habían abundado otras veces en la Siria, el Egipto y el Asia Menor, y no había iglesia que no tuviese un largo catálogo de ellos. Muy a menudo se verificaban en ocasiones sin importancia y en casos insignificantes; pero en los momentos supremos, cuando su ayuda se necesitaba con más urgencia, ni uno solo se obraba siquiera.
Asombráronse los pueblos cristianos del Oriente cuando vieron que los sacrílegos que cometían los persas eran seguidos de la más completa impunidad. Ni se deshicieron los cielos, ni abrió la tierra sus abismos, ni brilló en el firmamento la espada del Todopoderoso, ni se repitió la suerte de Senacherib. En la tierra de los milagros, al asombro siguió la consternación y la consternación degeneró en la duda.
2. Terrible fue sin duda la conquista persa, y sin embargo [81] hay que considerarla sólo como del preludio del gran acontecimiento, cuya historia tenemos que narrar ahora: la revolución del Mediodía contra el cristianismo. Sus consecuencias fueron la pérdida de los nueve décimos de sus posesiones geográficas: el Asia, el África y parte de la Europa.
En el verano del año 581 de la era cristiana llegó a Bozrah, ciudad situada en los confines de la Siria, al Sur de Damasco, una caravana de camellos. Venía de la Meca y estaba cargada con los ricos productos de la Arabia Meridional o Arabia Feliz. El conductor de la caravana, un tal Abu Taleb y su sobrino, muchacho de doce años, fueron recibidos hospitalaria y generosamente en el convento nestoriano de la ciudad.
Pronto supieron los monjes del convento que su joven huésped, Halibí o Mohamed, era sobrino del guardián de la Caaba o templo sagrado de los árabes. Uno de ellos, llamado Bahira, no omitió trabajo alguno para obtener su conversión de la idolatría en que se encontraba; halló en el muchacho, no sólo inteligencia precoz, sino un ávido deseo de aprender, especialmente sobre asuntos religiosos.
En el país de Mohamed, en la Meca, era el principal objeto de adoración una piedra negra meteórica colocada en la Caaba, con otros trescientos sesenta ídolos subordinados que, según entonces se creía, representaban los días del año.
En este tiempo, como hemos visto, la Iglesia cristiana, por la ambición y maldad de su clero, había caído en un estado de anarquía; se habían celebrado varios concilios con distintos pretextos y cuyos móviles reales estaban ocultos. Demasiado a menudo hubo escenas violentas, sobornos y corrupción. En el Occidente eran tales [82] las intrigas que para conseguir las riquezas, el lujo y el poder presentaban los episcopados, que la elección de un obispo era frecuentemente motivo de terribles asesinatos. En el Oriente, a consecuencia de la política de Constantinopla, se hallaba la Iglesia desgarrada por los cismas y las disputas. Entre la muchedumbre de combatientes, pueden mencionarse los arrianos, los basilidianos, los carpocratistas, los coliridianos, los eutiquianos, los gnósticos, los jacobitas, los marcionitas, los marionitas, los nestorianos, los sabelinos, los valentinianos... De éstos, los marionitas consideraban la trinidad como compuesta de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Virgen María; los coliridianos adoraban a la Virgen como una divinidad y le ofrecían pasteles por sacrificio; los nestorianos, según hemos visto, negaban que Dios hubiese tenido «una madre» y se enorgullecían de ser los herederos, los poseedores de la ciencia de la antigua Grecia.
Pero, aunque irreconciliables en materias de fe, convenían todas estas sectas en un punto: en odiarse y perseguirse ferozmente unas a otras. La Arabia, tierra libre no conquistada, que se extiende del Océano Índico al Desierto de Siria, dio a todas ellas refugio, según les era próspera o adversa la fortuna; así había sucedido desde tiempos antiguos. Allí se habían reunido un gran número de judíos, escapados de Palestina después de la conquista romana; allí se retiró San Pablo inmediatamente después de su conversión, según dijo a los Galatas. Los desiertos se hallaban sembrados de anacoretas cristianos, que habían hecho muchos prosélitos entre las principales tribus arábigas y edificado iglesias en todo el territorio. Los príncipes cristianos de Abisinia, que eran nestorianos, dominaban el Yemen, provincia meridional de la Arabia. [83]
El monje Bahira del convento de Bozrah, enseñó a Mahoma los dogmas de los nestorianos, y en su compañía aprendió el joven árabe la historia de sus persecuciones. Estas revelaciones engendraron en él un odio grande hacia las prácticas idólatras de la Iglesia oriental y aún hacia toda la idolatría; por cuya razón, en su maravillosa carrera nunca hablaba de Jesús como del Hijo de Dios, sino siempre como de «Jesús, el hijo de María.» Su alma inculta, pero activa, no dejó de impresionarse profundamente, no sólo por las ideas religiosas de sus preceptores, sino también por las filosóficas, pues éstos se jactaban de ser los representantes vivos de la ciencia aristotélica.
Su carrera posterior demuestra cuan por completo se habían posesionado de él sus pensamientos religiosos, y repetidas acciones manifiestan la adhesión que les tenía. Su propia vida fue consagrada a la propagación y difusión de sus doctrinas teológicas; una vez eficazmente establecida, sus sucesores extendieron y adoptaron enérgicamente sus opiniones científicas, que eran aristotélicas.
Siendo Mahoma ya hombre, hizo otras expediciones a Siria, y podemos tal vez suponer que ni el convento ni sus hospitalarios habitantes fueron olvidados; tenía una reverencia misteriosa por aquel país. Una rica viuda de la Meca, Cadiya, que le había encomendado el manejo de su comercio con la Siria, prendóse de su capacidad y honradez, tanto como de su persona: pues era Mahoma de singular hermosura varonil y de maneras agradables y distinguidas. El corazón de las mujeres es el mismo en todas edades y en todos países: por mediación de una esclava hizo saber a Mahoma lo que pasaba en su corazón, y durante los veinticuatro años que vivió después [84] de este suceso, fue Mahoma su marido fiel. En un país en que existía la poligamia, nunca la ofendió con la presencia de una rival. Muchos años más tarde, en el cúmulo de su poder, le decía Aiscia, una de las más hermosas mujeres de la Arabia: «¿No era vieja? ¿No os dio Dios en mí una esposa mejor?» «No por Dios», exclamó Mahoma, con un arranque de noble gratitud: «Nunca hubo otra mejor. Ella me creyó cuando los hombres ne despreciaban, y vino a mí cuando estaba pobre y perseguido por el mundo.»
Su casamiento con Cadiya le colocaba en una posición desahogada y le permitía dedicarse a sus meditaciones religiosas, por las que tanta inclinación sentía. Sucedió que su primo Waraca, que era judío, se convirtió al cristianismo, siendo el primero que tradujo la Biblia al árabe; las conversaciones que con él tuvo aferraron más a Mahoma en su odio a la idolatría.
Siguiendo el ejemplo de los anacoretas cristianos refugiados en sus ermitas del desierto, se retiró Mahoma a una gruta del monte Hera, a pocas millas de la Meca, entregándose a la meditación y al rezo. En esta reclusión, contemplando los impotentes atributos del Dios Eterno y Omnipotente, interrogó a su conciencia para saber si debía adoptar los dogmas sustentados por la cristiandad asiática respecto a la Trinidad, a la filiación de Jesús como engendrado por el Altísimo y al carácter de María, a un tiempo virgen, madre y reina del cielo, sin incurrir en pecado y peligro de blasfemia.
De su meditación solitaria en la cueva, dedujo Mahoma que, a través de la nube de dogmas y contiendas que le rodeaba, se percibía una gran verdad: la unidad de Dios. Apoyado en el tronco de una palmera, desarrolló sus ideas sobre este asunto ante sus vecinos y amigos, y [85] les anunció que dedicaría su vida a la predicación de esta verdad. Una y otra vez en sus sermones del Corán declara: «No soy más que un predicador público... predico con la unidad de Dios.» Tal era el concepto que él mismo tenía de su pretendido apostolado; desde esta fecha, hasta el día de su muerte, llevó en el dedo un anillo de sello, en el que estaba grabado: «Mahoma, enviado de Dios.»
Es bien sabido entre los médicos que el ayuno prolongado y la ansiedad mental producen inevitablemente alucinaciones. Tal vez no ha habido jamás un sistema religioso que no haya sido introducido por hombres que pretendían obedecer a tentaciones y mandatos sobrenaturales. Voces misteriosas animaban al predicador árabe a persistir en su determinación; sombras de formas extrañas pasaban ante él; oía en el aire como el sonido de una campana distante. En un sueño nocturno, fue transportado por Gabriel, de la Meca a Jerusalén, y de aquí sucesivamente a través de los seis cielos; en el séptimo, no se atrevió a entrar el ángel, y Mahoma, solo, penetró en la medrosa nube que rodea al Altísimo: «Un temblor se apoderó de su corazón, cuando sintió sobre su hombro la fría mano de Dios.»
Su misión pública encontró al principio mucha resistencia y éxito poco satisfactorio, expulsado de la Meca por los mantenedores de la idolatría existente, se refugió en Medina, ciudad en que residían muchos judíos y nestorianos; estos últimos se hicieron en seguida prosélitos suyos. Se había visto ya obligado a enviar a su hija y otros discípulos al rey de Abisinia, que era cristiano nestoriano; al cabo de seis años, sólo había hecho mil y quinientos conversos; pero en tres pequeñas escaramuzas, conocidas más tarde con los pomposos nombres de batallas de Beder, de Ohud y de las Naciones, descubrió [86] Mahoma que su argumento más convincente era la espada. Después decía con elocuencia oriental: «El Paraíso se hallará a la sombra de las espadas cruzadas.» Por una serie de operaciones militares hábilmente dirigidas, fueron derrotados sus enemigos por completo; la idolatría arábiga, exterminada en absoluto, y la doctrina que él proclamaba de que «no hay más que un solo Dios», universalmente adoptada por sus paisanos, que reconocieron su apostolado.
Pasemos de largo sobre su tempestuosa vida, y escuchemos lo que dice cuando, en el pináculo del poder y de la gloria terrenal, sentía aproximarse su fin.
Firme en su creencia de la unidad de Dios, partió de Medina en su última peregrinación a la Meca, a la cabeza de ciento catorce mil devotos, con camellos adornados con guirnaldas de flores y banderolas. Cuando llegaba cerca de la ciudad santa, pronunció la siguiente invocación: «Aquí estoy para servirte ¡oh Dios! ¡Único eres! ¡A ti solo corresponde la adoración! ¡Tuyo solo es el reino! ¡No hay ninguno que contigo lo divida!»
Con su propia mano ofreció los camellos en sacrificio; consideraba esta institución primitiva tan sagrada como la oración y no creía que pudieran alegarse razones en favor de la una que no correspondiesen también a la otra.
Desde el púlpito de la Caaba volvió a exclamar: «¡Oh oyentes míos, yo no soy un hombre como vosotros!» Y estos recordaron que una vez había dicho a un hombre que se le aproximaba con timidez: «¿Qué temes? No soy rey; no soy sino el hijo de una mujer árabe que comía carne curada al sol.»
Volvió a Medina, donde murió. Al despedirse de su congregación, dijo: «Todo se cumple por la voluntad de [87] Dios y en el tiempo que él ha señalado, sin que sea dado al hombre atrasar ni adelantar los sucesos; vuelvo a quien me ha enviado, y lo último que os mando es que os améis y os favorezcáis unos a otros, que os exhortéis unos a otros en la fe y constancia en vuestras creencias y en la piedad. Mi vida ha sido para vuestro bien y lo mismo será mi muerte.»
En su agonía, apoyó su cabeza sobre las rodillas de Aiscia; mojaba de cuando en cuando su mano en un vaso de agua y se humedecía la cara; al fin expiró, y mirando fijamente hacia arriba, dijo con acento entrecortado: «¡Oh Dios, perdona mis pecados, amén: a ti voy!»
¿Podemos hablar irrespetuosamente de este hombre? Sus preceptos son hoy mismo la guía religiosa de la tercera parte de la raza humana.
Mahoma, que se había apartado del antiguo culto idólatra de su país, desterró también los dogmas que le habían imbuido sus preceptores nestorianos, incompatibles con la razón y la conciencia. Y si bien en las primeras páginas del Corán declara que cree en lo que fue revelado a Moisés y a Jesús y guarda a estos gran consideración, su veneración por el Todopoderoso se manifiesta perpetuamente. Le horroriza la doctrina de la divinidad de Jesús, la del culto de María como madre de Dios, la de la adoración de imágenes y pinturas, que considera como baja idolatría. Rechaza en absoluto la Trinidad, que a su juicio no es posible comprender sino como tres distintos dioses.
Su idea primera y dominante fue simplemente reformar la religión, destruir la idolatría árabe y poner un límite al salvaje sectarismo de la cristiandad. Que se propuso crear una nueva religión, fue una calumnia que le levantaron en Constantinopla, donde se le miraba con [88] un odio semejante al que se tuvo más tarde en Roma contra Lutero.
Pero aunque rechazaba con indignación cualquier cosa que tendiese a alterar la doctrina de la unidad de Dios, no pudo libertarse de concepciones antropomórficas. El Dios del Corán es casi humano, corporal y espiritualmente, si estas expresiones pueden usarse con propiedad. Muy pronto, sin embargo, los secuaces de Mahoma se apartaron de estas bajas ideas y se elevaron a otras más nobles.
La opinión que hemos presentado del carácter primitivo del mahometismo ha sido adoptada hace tiempo por autoridades competentes. El Sr. Guillermo Jones, conforme con Locke, considera que el punto principal de divergencia entre el mahometismo y el cristianismo consiste en «negar vehementemente el carácter de nuestro Salvador como Hijo y su igualdad como Dios con el Padre, de cuya unidad y atributos tienen los mahometanos las más importantes ideas.» Esta opinión ha sido ampliamente sostenida en Italia. El Dante consideraba a Mahoma sólo como el autor de un cisma, y veía en el islamismo una simple secta arriana. En Inglaterra, Whately lo considera como una corrupción del cristianismo. Creció como una rama del nestorianismo, y sólo después de derribar a la cristiandad griega en varias batallas y de empezar a extenderse rápidamente en Asia y África, fue cuando, embriagado con su carrera maravillosa, abandonó sus limitados intentos primitivos y se estableció como una revelación separada y distinta.
Mahoma consagró toda su vida a la conversión o conquista de su propio país. Hacia el fin de ella, sin embargo, se encontró bastante fuerte para intentar la invasión de la Siria y de la Persia, no había tomado disposiciones [89] para perpetuar su propio imperio, y de aquí que ocurriesen luchas cuando llegó el momento de nombrarle sucesor. Al cabo Abu Bekr, padre de Aiscia, fue elegido proclamado primer califa o sucesor del Profeta.
Hay una diferencia muy importante entre el desarrollo del mahometismo y el del cristianismo; el último nunca fue bastante fuerte para extirpar la idolatría en el imperio romano y sólo progresaba por su unión y amalgama con ésta, cuyas antiguas formas fueron vivificadas por el nuevo espíritu de aquél: la paganización a que nos hemos referido fue su resultado.
Pero en la Arabia, Mahoma extirpó y aniquiló en absoluto la antigua idolatría, y ni resto de ella se encuentra en las doctrinas predicadas por él y sus sucesores. La piedra negra que había caído del cielo, el meteorito de la Caaba y los ídolos que lo rodeaban desaparecieron por completo de la vista. El dogma esencial de la nueva fe: «No hay más que un Dios», se extendió sin adulterarse. El éxito militar, en sentido mundano, había aprovechado a la religión del Corán, y en estos casos nada importan los dogmas, pues siempre hay millares de conversos.
En cuanto a las doctrinas populares del mahometismo, nada tendré que decir, el lector a quien pueda interesar el asunto, hallará una relación de ellas en el examen del Corán que presento en el capítulo XI de mi Historia del desarrollo intelectual de Europa. Basta ahora hacer notar que su cielo estaba formado de siete pisos y era sólo un palacio oriental de delicias carnales, poblado de esclavas y concubinas de negros ojos; la forma de Dios era tal vez más grandiosa que la paganizada de los cristianos; pero no puede borrarse el antropomorfismo de las [90] ideas de los ignorantes. Su concepto superior de Dios nunca será más que la sombra gigantesca de un hombre, un vasto fantasma de humanidad, análogo a uno de esos espectros alpinos que en medio de las nubes suelen verse por los que vuelven sus espaldas al sol.
Apenas había Abu Bekr tomado posesión del califato cuando publicó la proclama siguiente:
«¡En nombre de Dios misericordioso! Abu Bekr a los verdaderos creyentes, salud y felicidad: sean sobre vosotros las gracias y bendiciones de Dios. Sea alabado el Altísimo. Lo invoco por su profeta Mahoma.
»Esta es para informaros de que intento enviar a Siria a los verdaderos creyentes para arrancarla de mano de los infieles, y quiero haceros saber que combatir por la religión es un acto de obediencia a Dios.»
En el primer encuentro Khaled, general sarraceno, viéndose acosado por el enemigo, alzó las manos al cielo en medio del ejército exclamando: «¡Oh Dios! esta vil canalla ora como los idólatras y tienen otro Dios además de ti; pero nosotros reconocemos la unidad y afirmamos que no hay más Dios que tú. Ayúdanos contra estos idólatras: te lo suplicamos por tu profeta Mahoma.» Por parte de los sarracenos se llevó a cabo la conquista de la Siria con piedad feroz. La creencia de los cristianos sirios producía en sus enemigos sentimientos de horror e indignación. «Hendiré el cráneo a cualquier idólatra blasfemo que diga que el Santísismo, el Eterno, el Dios Todopoderoso ha engendrado un hijo.» El califa Omar, que tomó a Jerusalén, empezaba así una carta dirigida al emperador romano Heraclio: «¡En el nombre de Dios misericordioso! Alabanza a Dios, Señor de este mundo y del otro, que jamás tuvo ni esposa ni hijo.» Los sarracenos se burlaban de los cristianos llamándoles [91] «asociadores» porque hacían a María y a Jesús socios del Dios Santísimo y Todopoderoso.
No era el intento del califa mandar su ejército; este cargo, que en realidad ejerció Khaled, fue entregado nominalmente a Abu-Obeidah. En una revista de marcha, recomendó el califa a las tropas la justicia, la caridad y la fidelidad a sus compromisos, les mandó abstenerse de conversaciones frívolas y del vino y observar rigososamente las horas de oración; ser bondadosos para con los pueblos por donde pasasen, pero tratar sin piedad a sus sacerdotes.
Al Este del Jordán está Bozrah, plaza fuerte, donde había recibido Mahoma su primera instrucción de los cristianos nestorianos; era una de las fortalezas romanas de que estaba cubierto el país, y ante ella acampó el ejército sarraceno. La guarnición era fuerte y los baluartes estaban cuajados de cruces y banderas sagradas; hubiera podido hacer una prolongada resistencia si su gobernador Romano, faltando a sus juramentos, no hubiese abierto secretamente las puertas a los sitiadores. Su conducta muestra a qué deplorable condición había descendido la población de la Siria. En una arenga que después de la rendición dirigió al pueblo que traidoramente había vendido dijo: «Renuncio a vuestra compañía en este mundo y en el venidero. Niego a aquel que fue crucificado y a quien quiera que lo adore, y escojo a Dios por Señor y al islamismo por fe, a la Meca por templo, a los musulmanes por hermanos y a Mahoma por profeta, que nos fue enviado para traernos al buen camino y exaltar la verdadera religión a despecho de aquellos que dan compañeros a Dios.» Desde la invasión persa, el Asia Menor, la Siria y aún la Palestina estaban llenas de traidores y apóstatas dispuestos a unirse a los [92] sarracenos. Romano era tan sólo uno de los muchos que habían perdido sus creencias a causa de las victorias de los persas.
Setenta millas al Norte de Bozrah se encuentra Damasco, capital de la Siria, y allí se dirigió sin dilación el ejército sarraceno. Se intimó inmediatamente a la ciudad que eligiese entre la conversión y el tributo, o el cuchillo. El emperador Heraclio se hallaba en su palacio de Antioquía ciento cincuenta millas más al Norte, cuando recibió las alarmantes noticias del progreso de los invasores; dispuso al momento un ejército de setenta mil hombres, y los sarracenos se vieron obligados a levantar el sitio; una batalla tuvo lugar en las llanuras de Aiznadin y el ejército romano fue batido y dispersado. Khaled apareció de nuevo ante Damasco, con su estandarte del Águila Negra, y después de un nuevo asedio de setenta días se rindió la plaza.
Según los historiadores árabes que hablan de estos sucesos, podemos colegir que los ejércitos sarracenos eran poco más que una turba de fanáticos, y que muchos de sus soldados combatían desnudos; era muy común que un guerrero se adelantase al frente de las tropas y retase a otro enemigo a duelo mortal; más aún, hasta las mujeres tomaban parte en los combates. Narraciones pintorescas han llegado hasta nosotros, describiendo el valor con que se conducían.
Avanzó el ejército sarraceno desde Damasco hacia el Norte, guiado por los nevados picos del Líbano y del hermoso río Oronte, apoderándose al paso de Baalbec, capital del valle de la Siria, y de Emesa, la principal ciudad de la llanura oriental. Para resistir sus progresos, reunió Heraclio un ejército de ciento cuarenta mil hombres. Libróse la batalla en Yermuck; el ala derecha de los [93] sarracenos fue rota; pero exhortados los soldados por sus fanáticas mujeres volvieron a la lucha, terminando la contienda con la completa derrota del ejército romano. Hubo cuarenta mil prisioneros y un gran número de muertos; todo el país quedó entonces abierto a los vencedores, pero como habían avanzado por el Este del Jordán, les fue forzoso asegurar las importantes ciudades de Palestina que estaban a su retaguardia, antes de intentar nada contra el Asia Menor. Hubo distintas opiniones entre los generales sobre si debía atacarse primero a Cesárea o a Jerusalem; el asunto fue sometido al califa, que prefirió acertadamente la ventaja moral de la toma de Jerusalem a la militar de la de Cesárea, y ordenó que se entrara a toda costa en la Ciudad Santa. Se estableció por lo tanto un estrecho asedio; los habitantes, recordando las atrocidades cometidas por los persas y las indignidades hechas al sepulcro del Salvador, se prepararon para una defensa vigorosa. Pero después de un ataque de cuatro meses, apareció el patriarca Sofronio sobre las murallas solicitando parlamento. Debido a una mala inteligencia entre los generales cuando la toma de Damasco, habían sido asesinados los habitantes fugitivos, por lo cual Sofronio exigió que la entrega de Jerusalem se verificase en presencia del mismo califa; vino éste, pues, de Medina con tal objeto. Hizo el viaje en un camello rojo, llevando un saco de trigo y otro de dátiles, un plato de madera y un odre de agua; el conquistador árabe entró en la ciudad santa cabalgando al lado del patriarca cristiano, y la transferencia de la capital de la cristiandad al representante del mahometismo se efectuó sin ultrajes ni tumulto. Después de haber ordenado que se edificase una mezquita en el sitio del templo de Salomón, volvióse el califa a Medina junto a la tumba del profeta. [94]
Conoció claramente Heraclio que los desastres que con tanta rapidez abrumaban a la cristiandad eran debidos a las disensiones de sus mismas sectas; así que al mismo tiempo que pugnaba por defender el imperio con las armas, trataba con gran interés de dirimir las diferencias de los sectarios. Con tal objeto intentó hacer aceptar la doctrina monotelita de la naturaleza de Cristo, pero era demasiado tarde; Alepo y Antioquía se habían entregado ya y nada podía impedir la irrupción de los sarracenos en el Asia Menor; el mismo Heraclio tuvo que buscar su salvación en la fuga. La Siria, que había sido agregada a las provincias del imperio romano por Pompeyo, el rival de César, setecientos años antes: la Siria, cuna de la cristiandad, escena de sus más caros y preciosos recuerdos y de donde el mismo Heraclio había en un tiempo rechazado a los intrusos persas, estaba irremisiblemente perdida; los apóstatas y los traidores habían consumado este desastre. Se cuenta que al alejarse de la costa para dirigirse a Constantinopla, exclamó amargamente Heraclio divisando las lejanas montañas: «¡Adiós, Siria, para siempre adiós!»
Es inútil presentar más detalles sobre la conquista de los sarracenos; cómo fueron vendidas a Trípoli y Tiro y tomada Cesárea; cómo con los cedros del Líbano y los marineros de Fenicia armaron los sarracenos una flota que obligó a la escuadra romana a refugiarse en el Helesponto; cómo Chipre, las Cícladas y Rodas fueron taladas, y como el Coloso, una de las maravillas del mundo, fue vendido a un Judío que cargó novecientos camellos con el bronce que contenía; cómo los ejércitos del califa avanzaron hacia el mar Negro y acamparon a la vista de Constantinopla. Nada de esto es comparable a la caída de Jerusalem. [95]
¡La caída de Jerusalem! ¡la pérdida de la metrópoli de la cristiandad! Según las ideas de aquel tiempo, las dos formas de fe antagonistas se habían sometido a las ordalías del juicio de Dios; la Victoria adjudicó el premio de la batalla, Jerusalem, a los mahometanos; y a pesar del éxito de transitorio de los cruzados, en su poder permanece desde hace más de mil años. Son Dignos de excusa los historiadores bizantinos por el curso que se ven obligados a tomar: «cuando tratan de esta materia, dejan de hablar por completo del gran asunto de la ruina de la Iglesia de Oriente»; y en cuanto a la Iglesia de Occidente, hasta los envilecidos papas de la Edad Media, de la edad de la Cruzadas, no podían considerar sin indignación el verse obligados a fundar las pretensiones que tenía Roma a ser la metrópoli del cristianismo en la falsa y legendaria historia de la visita de San Pedro a esta ciudad, mientras que la verdadera metrópoli, el lugar grandioso y sagrado del nacimiento, vida y muerte de Cristo, se hallaba en manos de los infieles! No han sido tan sólo los historiadores bizantinos los que han tratado de ocultar esta gran catástrofe; los escritores cristianos de Europa han seguido un sistema semejante cuando han tenido que hablar contra conquistadores de distinta creencia, ora fuese sobre asuntos históricos, ora religiosos, ora científicos; ha sido su práctica constante ocultar lo que no han podido despreciar, o despreciar lo que no han podido ocultar.
No tengo lugar (ni tampoco se acomoda ciertamente con el intento de esta obra) para relatar con tantos detalles como he dado de la toma de Jerusalem otras conquistas de los sarracenos, que tales y tan importantes fueron, que llegaron a formar un imperio mucho mayor en extensión geográfica que el de Alejandro y aún que el [96] de Roma. Pero, deteniéndonos brevemente en este asunto, podemos decir que el magismo recibió un golpe más terrible aún que el que había sido causado al cristianismo; decidióse la suerte de Persia en la batalla de Cadesia, y en el saqueo de Ctesifonte, el tesoro, las armas reales e infinitos despojos cayeron en poder de los árabes, no sin razón llamaron a la batalla de Nehavend «la victoria de las victorias». Se dirigieron por una parte hacia el Caspio y por otra hacia Persépolis, a lo largo del Tigris. El rey de Persia, con intento de salvar la vida, huyó al gran Desierto salado, abandonando las estatuas y columnas de aquella ciudad, que desde la noche del tumultuoso banquete de Alejandro empezó a caer en ruinas. Una división del ejército árabe obligó al monarca persa a cruzar el Oxo, siendo asesinado por los turcos; su hijo, perseguido hasta la China, se hizo capitán de los guardias del emperador celeste. El territorio que se extiende más allá del Oxo fue sometido, pagando un tributo de dos millones de monedas de oro, y mientras el emperador en Pekín solicitaba la amistad del califa de Medina, el estandarte del Profeta ondeaba en las márgenes del Indo.
Entre los generales que más se habían distinguido en las campañas sirias se contaba Amrú, llamado a ser el conquistador del Egipto, pues no contentos los califas con sus victorias en el Norte y el Este, volvían los ojos al Occidente y se preparaban para anexionarse el África. Como en las ocasiones anteriores, ayudóles la traición de los sectarios. El ejército sarraceno fue acogido como el libertador de la Iglesia Jacobita; los cristianos monofisistas de Egipto, esto es, aquellos que, en el lenguaje del credo de Atanasio, confundían la sustancia del Hijo, proclamaron por boca de su jefe, Mokaukas, que [97] no querían comunión con los griegos ni en este mundo ni en el otro; que abjuraban para siempre del tirano de Bizancio y de su sínodo de Calcedonia. Apresuráronse a pagar tributo al califa, a componer los caminos y los puentes, a suministrar provisiones y a facilitar confidencias al ejército invasor.
Memfis, una de las antiguas capitales de los Faraones, se rindió pronto, y luego fue atacada Alejandría; el mar, abierto ante esa, permitió a Heraclio reforzar su guarnición continuamente. Por su parte Omar, que era entonces califa, envió en socorro del ejército sitiador a las tropas veteranas de Siria; hubo muchos asaltos y salidas, y en uno de ellos el mismo Amrú fue hecho prisionero por los sitiados, y pudo escapar gracias al ingenio y sangre fría de un esclavo. Después de un sitio de cuatro meses y una pérdida de veintitrés mil hombres, apoderándose los sarracenos de la ciudad; en el despacho que remitió Amrú al califa, enumeraba los esplendores de esta gran capital del Oeste: «sus cuatro mil palacios, sus cuatro mil baños, sus cuatrocientos teatros, sus doce mil tiendas de comestibles y sus cuarenta mil judíos que pagaban tributo.»
Así cayó la segunda gran ciudad de la cristiandad, y cupo a Alejandría la suerte de Jerusalem; la ciudad de Atanasio y de Arrio y de Cirilo; la ciudad que había impuesto sus ideas trinitarias y el culto de María a la Iglesia. Heraclio recibió la fatal nueva en su palacio de Constantinopla, y su pena no tuvo límites; parecíale que su reino estaba deshonrado por la caída de la cristiandad, y murió al mes escaso de la pérdida de Alejandría.
Pero si esta ciudad era importante para Constantinopla y le había suministrado su fe ortodoxa, también le era [98] indispensable para el alimento cotidiano. Egipto era el granero de los bizantinos, y por esta razón intentaron por dos veces, con flotas y ejércitos poderosos, recuperar la plaza, y dos veces tuvo Amrú que renovar la conquista. Vio con cuanta facilidad podían verificarse estos ataques estando la plaza descubierta por el lado del mar, y que tan sólo había un medio, y fatal por cierto, para evitarlo. «Por Dios vivo, si esto se repite tercera vez, juro hacer a Alejandría accesible por todos lados como la casa de una meretriz»; lo que puso en práctica desmantelando las fortificaciones y haciéndola plaza insostenible.
No era el intento de los califas limitar al Egipto la conquista, y Otman se deleitaba con la idea de anexionarse toda el África septentrional; su general Abdallah salió de Memfis con cuarenta mil hombres, atravesó el desierto de Barca y sitió a Trípoli; pero habíendose declarado la peste en su ejército, se vio obligado a retroceder a Egipto.
Ningún otro ataque se intentó en un período de más de veinte años; encaminóse entonces Acbah del Nilo al Atlántico; y frente a las Canarias, haciendo entrar en el mar su caballo, exclamó: «¡Gran Dios! si mi marcha no fuera detenida por este mar, seguiría hasta los desconocidos reinos del Oeste, predicando la unidad de tu santo nombre y acuchillando las naciones rebeldes que adoran otros dioses que tú.»
Esta expedición sarracena se había llevado a cabo por el interior del país, pues los emperadores bizantinos, que eran dueños del mar, conservaban la posesión de las ciudades de la costa. El califa Abdalmalec resolvió a fin apoderarse de Cartago, que era la más importante de ellas, y desde luego la capital del Norte del África. Su general Hasan la tomó por asalto; pero nuevos refuerzos [99] de Constantinopla, ayudados por algunas tropas godas y sicilianas, le obligaron a retirarse; poco tiempo, sin embargo, gozó de libertad la plaza, pues Hasan renovó su ataque con buen éxito algunos meses después, y entregó la ciudad a las llamas.
Jerusalem, Alejandría, Cartago, tres de las cinco grandes capitales de la cristiandad, se habían perdido. La caída de Constantinopla era sólo cuestión de tiempo, y después de ésta tan sólo quedaba Roma.
En el desarrollo de la cristiandad había desempeñado Cartago un papel importante; había dado a Europa la forma latina de su fe y algunos de sus más grandes teólogos; fue también la cuna de San Agustín.
Jamás en la historia del mundo se ha propagado ninguna religión más rápida y extensamente que el mahometismo; dominaba entonces desde las montañas de Altai al Océano Atlántico, desde el centro del Asia al occidente del África.
Autorizó luego el califa Al-Gualid la invasión de Europa, la conquista de Andalucía o «región de la tarde». Muza, su general, halló, como en otras partes, dos aliados eficaces en los sectarios y los traidores; conducida por el arzobispo de Toledo y el conde D. Julián, general godo, una gran parte del ejército, se pasó a los invasores en los momentos críticos de la batalla de Jerez; viose el rey de España obligado a huir del campo, ahogándose en el guadalete al buscar su salvación en la fuga.
Con gran rapidez encaminóse Tarik, lugarteniente de Muza, desde el campo de batalla hacia Toledo, y de allí al Norte. A la llegada de este último era completa la sumisión de la península ibérica, y los restos del ejército godo habían sido arrojados más allá de los Pirineos; considerando que al conquista de España era tan sólo el [100] primer paso de sus victorias, anunció su intento de forzar su marcha hacia Italia y de predicar la unidad de Dios en el Vaticano, de aquí marchar a Constantinopla, y después de destruir el imperio romano y la cristiandad, pasar a Damasco y depositar su alfanje victorioso sobre las gradas del trono del califa.
Pero otro había de ser el curso de los sucesos. Envidioso Muza de su lugarteniente Tarik, observó con él una conducta indigna; hallaron medios de rehabilitarlo los amigos que tenía éste en la corte del califa, y un enviado de Damasco arrestó a Muza en su campamento; fue conducido ante su soberano, quien le hizo azotar públicamente y murió de resultas abrumado por la pena.
Intentaron, sin embargo, los sarracenos, bajo otros jefes, la conquista de Francia; en una campaña preliminar se apoderaron del país que se extiende de la boca del Garona a la del Loira. Entonces su general Abderrahman, dividiendo sus fuerzas en dos columnas, pasó con la del Este el Ródano y puso sitio a Arles. Un ejército cristiano que intentó libertar la plaza, fue derrotado con grandes pérdidas. La columna del Oeste, igualmente afortunada, pasó el Dordoña, desbarató otro ejército cristiano y le causó pérdidas tan considerables que, según los fugitivos «solo Dios podría contar los muertos». Toda la Francia central estaba dominada y llegaron los invasores a las márgenes del Loira; las iglesias y monasterios fueron saqueados y despojados de sus tesoros; viose que los santos patronos, que tantos milagros habían ejecutado cuando no eran necesarios, carecían de poder suficiente para obrar uno siquiera en tan extrema ocasión,
Carlos Martel detuvo al fin los progresos de los invasores el año 732. Entre Tours y Poitiers se libró una gran batalla que duró siete días. Abderrahman fue muerto [101] y los sarracenos retrocedieron, viéndose poco después obligados a volver a cruzar los Pirineos.
Las orillas del Loira, por lo tanto, marcan el límite de la irrupción mahometana en el Oeste de Europa. Gibbon, al referir tan gran acontecimiento, hace esta observación: «Una línea de marcha victoriosa se extendía como mil millas, desde el peñón de Gibraltar a las márgenes del Loira; ¡la repetición de esta empresa habría llevado a los sarracenos a los confines de Polonia y a las montañas de Escocia!»
No tengo necesidad de añadir a este bosquejo de la propagación militar del mahometismo las operaciones de los sarracenos en el Mediterráneo, sus conquistas de Creta y de Sicilia y su insulto a Roma. Veremos, sin embargo, más adelante, que su presencia en Sicilia y en el Sur de Italia ejerció una marcada influencia en el desarrollo intelectual de Europa.
¡Su insulto a Roma! ¿Hubiera podido haber algo más humillante que la manera de ejecutarlo? (año 846). Una insignificante expedición sarracena entró en el valle del Tíber y apareció ante los muros de la ciudad; demasiado débil para forzar la entrada, insultó y saqueó los alrededores, profanando sacrílegamente las tumbas de San Pedro y de San Pablo; si la misma ciudad hubiera sido saqueada no habría sido mayor el efecto moral; de la iglesia de San Pedro fue arrancado el altar de plata y enviado a África: ¡el altar de San Pedro, el verdadero emblema de la cristiandad romana!
Constantinopla había sido ya sitiada por los sarracenos más de una vez; su caída predestinada estaba aplazada tan solo. Roma había recibido el insulto directo, la mayor pérdida que se le podía causar; las venerables iglesias del Asia Menor habían desaparecido y ningún [102] cristiano podía sin permiso sentar su planta en Jerusalem; la mezquita de Omar se elevaba en el lugar del templo de Salomón. Entre las ruinas de Alejandría, marcaba la mezquita de la Misericordia el sitio en que el general sarraceno, harto se sangre, había, con desdeñosa piedad, perdonado a los fugitivos restos de los enemigos de Mahoma; nada quedaba de Cartago sino sus ennegrecidas ruinas. El más poderoso imperio religioso que jamás se vio en el mundo apareció súbitamente. Abrazaba desde el Océano Atlántico hasta las murallas de la China, desde las costas del Caspio a las del Océano Índico, y sin embargo, en cierto sentido puede decirse que no había alcanzado su culminación, tenía que llegar el día en que arrojaría a los Césares de su capital, en que dominaría a la Grecia, en que disputaría con la cristiandad el imperio de Europa en el mismo centro de este continente y en que extendería por el África sus dogmas y su fe a través de ardientes desiertos y de pestilentes selvas, desde el Mediterráneo a las regiones meridionales que se encuentran mucho más allá de la línea equinoccial.
Pero, aunque el mahometismo no había llegado a su apogeo, si lo habían alcanzado los califas. No debió la Europa su salvación a la espada de Carlos Martel, sino a las disensiones intestinas del vasto imperio arábigo; los califas de la línea de los Omniadas, aunque populares en Siria, eran considerados en otras partes como intrusos y usurpadores, y los parientes del apóstol eran mirados como los verdaderos representantes de su fe. Tres partidos que se distinguían por sus banderas se disputaban el califato y lo deshonraban por sus atrocidades; la bandera de los Omniadas era blanca, la de los Fatimitas verde y la de los Abbasidas negra; la última [103] representaba el partido de Abbas, tío de Mahoma. El resultado de estas discordias fue la división del imperio mahometano en tres partes, en el siglo X, entre los califatos de Bagdad, del Cairo y de Córdoba; concluyó la unidad en la acción política mahometana, la cristiandad encontró su salvaguardia, no en una protección sobrenatural, sino en las querellas de los potentados rivales; a las animosidades interiores se agregaron a veces presiones extrañas, y el arabismo, que tanto había hecho por el adelanto intelectual del mundo, concluyó cuando alcanzaron el poder los turcos y los bereberes.
Habían olvidado totalmente los sarracenos la oposición de Europa, ocupados por completo en sus divergencias domésticas; Ockley dice con verdad en su historia: «Difícilmente se hubiera encontrado un lugarteniente o general sarraceno que no hubiese considerado como la mayor afrenta, y tal que debiera causarle una mancha indeleble, el sufrir el menor insulto de las fuerzas reunidas de toda Europa; y si alguno preguntase por qué los griegos no hicieron mayores esfuerzos para extirpar estos insolentes invasores, será respuesta suficiente, para cualquier persona que conozca el carácter de estos hombres, decir que Amrú fijó su residencia en Alejandría y Moawiah en Damasco.»
Y para mostrar su menosprecio basta este ejemplo: El emperador romano Nicéforo envió al califa Harun-al-Raschid una carta amenazadora, y véase cuál fue la contestación. «En el nombre de Dios misericordioso, Harun-al- Raschid, jefe de los fieles a Nicéforo ¡el perro romano! He leído tu carta ¡oh hijo de madre infiel! y no oirás mi respuesta, ¡la sentirás!» En efecto, se escribió con sangre y fuego en las llanuras de la Frigia.
Una nación puede recobrar sus provincias y sus riquezas [104] confiscadas, sobrevivir a la imposición de enormes indemnizaciones, pero nunca puede reponerse del más horrible de los actos de la guerra, la confiscación de las mujeres. Cuando Abu-Obeidah envió a Omar la noticia de la toma de Antioquía, éste le censuró dulcemente, por no haber permitido a los soldados apoderarse de las mujeres. «Si quieren casarse en Siria, permitidlo; y permitidles también que tengan tantas mujeres esclavas como la ocasión pueda depararles.» La institución de la poligamia, basada en la confiscación de las mujeres en los países vencidos, fue la que afirmó en adelante el dominio musulmán. Los hijos de estas uniones se envanecían de descender de padres conquistadores; no puede darse mayor prueba de la eficacia de esta política que la que hallamos en el Norte de África. Bien patente fue el irresistible efecto de la poligamia para la consolidación del nuevo orden de cosas; pasada poco más de una generación, se informó al califa, por sus oficiales, de que debía cesar el tributo porque todos los niños nacidos en aquella región eran mahometanos y todos hablaban árabe.
El mahometismo, tal cual lo estableció su fundador, era una religión antropomórfica; su Dios era únicamente un gigante, su cielo una mansión de placeres carnales. Las clases más inteligentes se libertaron pronto de estas ideas imperfectas sustituyéndolas por otras más filosóficas, más exactas. Llegaron éstas a veces a estar conformes con las que se han declarado en nuestros tiempos como ortodoxas por el concilio del Vaticano; así dice Al-Gazzali: «El conocimiento de Dios no puede obtenerse por el que el hombre tiene de sí mismo o de su propia alma. Los atributos de Dios no pueden determinarse por los atributos del hombre. Su soberanía y sus leyes no pueden medirse ni compararse.»


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