Del libro La Cristiandad extraviada
por Robert Roberts
Castigo Eterno
Que los injustos perecen en la segunda muerte debe ser evidente de acuerdo a los numerosos testimonios citados en el capítulo anterior. Una teología paganizada se deleita en asignarlos a una existencia perpetua de tormento. Esta idea se basa en ciertas expresiones oscuras en el Nuevo Testamento que se supone la apoyan, pero las cuales, cuando se entienden correctamente, no tienen tan terrible significado. "El fuego que no se apaga" es una de estas expresiones; parece implicar la existencia consciente eterna de los inicuos, pero la reflexión mostrará que indica todo lo contrario. Si el fuego no se apaga, entonces no se puede evitar la destrucción. Esta frase se usa en este sentido en Jeremías 17:27, Ezequiel 20:47 y otros lugares.
Lo mismo se aplica al "gusano que no muere." Los gusanos de Herodes no murieron y la consecuencia fue que él murió (Hechos 12:23). Si los gusanos hubiesen muerto, Herodes se hubiera recuperado. Se afirma que los inicuos sufrirán "castigo eterno," pero esto no implica tormento interminable. La palabra griega aionios, traducida "eterno" no significa necesariamente una perpetuidad infinita. Acerca de la palabra aion, "época," de la cual se deriva el adjetivo aionios, Parkhurst observa: "Denota duración o continuidad de tiempo, pero con gran variedad. Por lo tanto, aionios significa "mientras dura la época," sin fijar la duración, lo cual se determina por la extensión de aquello que califica. En el caso que nos ocupa, se habla del castigo de los inicuos. Y como sabemos, por otros pasajes de la Escritura, que el castigo de la época de retribución termina en la muerte, se nos permite ver que la aion del castigo es sólo coextensivo con la duración de aquel castigo.
Algunos afirman que la aplicación de este principio a la frase "vida eterna" destruye la esperanza de la inmortalidad, haciéndola algo de posible terminación. Si nada se dijera fuera de la frase "vida eterna (aionios)," tendríamos un fundamento inseguro para la esperanza de vivir para siempre. En tal caso, sabríamos solamente que había una vida perteneciente a la época, una vida relativa a la época venidera de la intervención de Dios en los asuntos humanos; pero no sabríamos nada en cuanto a la naturaleza de esa vida o su duración. Pero no se nos deja en este estado tan inseguro.
Otros testimonios nos informan explícitamente que mientras el castigo aionios termina en la muerte, la vida que se conferirá en aquella misma aion es inextinguible:"Los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo...ni se casan ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles." (Lucas 20:35, 36)
"Ya no habrá muerte." (Apocalipsis 21:4)
"No perecerán jamás." (Juan 10:28)
"Destruirá a la muerte para siempre." (Isaías 25:8)
"Porque es necesario que...esto mortal se vista de inmortalidad." (1 Corintios 15:53)
Si la inmortalidad tuviese fin, no sería inmortalidad. La vida aionios es vida perpetua. Sabemos esto, no por el uso de la palabra aionios, que nada nos dice sobre el tema, sino por testimonios como los ya citados.
La segunda clase de personas que no alcanzan vida, son las que no han visto jamás la luz [paganos idólatras, retardados mentales y niños incapaces de entender], y por lo tanto, no la han rechazado jamás y por esa razón no pueden ser candidatos al juicio que aguarda a aquellos que han oído la palabra. ¿Qué se hará con ellos? Es común suponer que estarán entre los redimidos. Pero ¿quién puede abrigar semejante suposición, en vista del hecho de que son pecadores y ya están excluidos de la vida? Además, si la oscuridad y la ignorancia son un pasaporte al reino de Dios, ¿por qué envió Jesús a Pablo "para que [los gentiles] se conviertan de las tinieblas a la luz...para que reciban...herencia entre los santificados"? (Hechos 26:18).
Si la salvación es segura [pero no es segura] para los ignorantes, sería mejor dejar que permanezcan en ignorancia y no poner en peligro su destino eterno dándoles la responsabilidad del conocimiento. Debemos recordar que las circunstancias mismas que impiden a la clase en cuestión rechazar al Mesías, también les impide aceptar a aquel en quien hay esperanza y vida. No tienen ninguna de las responsabilidades de los que rechazan el evangelio, pero tampoco tienen ninguno de los privilegios de los creyentes instruidos y obedientes. ¿Qué, pues, pasa con ellos?
Pablo contesta la pregunta en Romanos 2:12: "Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán." Los paganos idólatras, retardados mentales y niños incapaces de entender no son responsables ante ninguna ley.
Por lo tanto, no serán levantados en la resurrección. La muerte pasa sobre ellos bajo la única ley que les atañe: la ley de Adán; y duermen para no ser más perturbados. Su situación se describe en el siguiente pasaje de Isaías 26:14:
"Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste y deshiciste todo su recuerdo."Una declaración similar se hace en Jeremías 51:57, con respecto a la aristocracia de Babilonia, quienes pertenecían precisamente a la clase de personas de la cual estamos hablando:
"Y embriagaré a sus príncipes y a sus sabios, a sus capitanes, a sus nobles y a sus fuertes; y dormirán sueño eterno y no despertarán, dice el Rey, cuyo nombre es Jehová de los ejércitos."
Dios es justo, y en esto su justicia queda de manifiesto. El no puede castigarlos con justicia ni tampoco puede recompensarlos con justicia; por lo tanto, los desecha.Esto completa la esencia de lo que ha de presentarse en referencia a la naturaleza condicional de la inmortalidad, como una dádiva que se conferirá en la resurrección. La proposición es clara y la evidencia concluyente. Que sea el feliz destino de todos los que leen estas páginas heredar la gloriosa dádiva.
[n.e., no debemos olvidar que hay individuos no idólatras que
hacen por naturaleza lo que de la ley, notemos también que se dice que algunos ignorantes serán juzgados en el día en que Jesús juzgara]
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martes, 1 de noviembre de 2016
lunes, 5 de septiembre de 2016
El destino de los inicuos
El Destino de los Inicuos
Del Libro La Cristiandad Extraviada
por Robert Roberts
Si buscamos información sobre esta cuestión en los sistemas religiosos, se nos hablará de un insondable abismo de fuego, lleno de espíritus malignos de forma horrible, en el cual están reservados los más refinados tormentos para aquellos que disgustaron a Dios mientras se hallaban en su estado mortal.
En el primer plano de este espeluznante cuadro, veremos maldicientes demonios burlándose de los condenados: hombres y mujeres retorciéndose las manos en eterna desesperación; y un fustigante océano de tinieblas, fuego y horrible confusión expandiéndose por todos lados y bajando hasta la más grande profundidad. ¡Se nos dirá que Dios, en sus eternos consejos de sabiduría y misericordia, ha decretado este espantoso triunfo de la maldad!
¿Lo creemos? Hay ciertas verdades elementales, que por una lógica casi intuitiva, excluyen la posibilidad de que esto sea cierto. Si Dios es el Ser misericordioso de orden, justicia y armonía que enseñan las Escrituras, ¿cómo es posible que, con toda su presciencia y omnipotencia, permita que las nueve décimas de la raza humana lleguen a existir sin tener otro destino que el de la tortura?
En vez de creer semejante doctrina, muchos hombres rechazan la Biblia del todo, y aun eliminan a Dios de entre sus creencias, buscando refugio en las tranquilas pero tristes doctrinas del racionalismo. Muchos son impulsados a esto al no saber, desafortunadamente, que la Biblia no es responsable de tal doctrina. Es una ficción pagana. Debiera saberse, para el consuelo de todos los que han quedado perplejos ante tan terrible dogma, y que sin embargo han vacilado en renunciar a él, por temor de verse también obligados a dejar de lado la Palabra de Dios, que semejante doctrina es completamente contraria a las Escrituras y angustiosamente espantosa.
Toda la enseñanza de la Biblia con respecto al destino de los inicuos está resumido en tres palabras en Salmos 37:20: "Los impíos perecerán." Pablo explica esto en Romanos 6:23: "La paga del pecado es muerte." La muerte, la extinción de la existencia, es el resultado predeterminado de una vida pecaminosa. "El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción" (Gálatas 6:8). Que segar corrupción es equivalente a la muerte, es evidente por Romanos 8:13: "Si vivís conforme a la carne, moriréis." La corrupción produce la muerte, de modo que la una es equivalente a la otra.
Tanto los justos como los inicuos mueren; por lo tanto, se argumenta que debe haber alguna otra muerte aparte de la muerte física. La respuesta es que la muerte que todos los hombres experimentan no es una muerte judicial; no es la muerte final que sufrirán aquellos que sean responsables ante el juicio. La muerte ordinaria sólo pone fin a la vida mortal de un hombre. Habrá una segunda muerte, final y destructiva.
Cuando aparezca Cristo, los injustos se habrán de presentar para el proceso judicial y su sentencia de que, después de recibir el castigo que merezcan, serán destruidos en muerte, por segunda vez, por medio de una agencia violenta y divinamente gobernada. A esto se refiere Jesús cuando dice: "Todo el que [en la vida actual] quiera salvar su vida, la perderá [en la resurrección, en la segunda muerte]; y todo el que pierda su vida por cause de mí y del evangelio, la salvará" (Marcos 8:35). Toda la enseñanza de la Escritura está en armonía con este tema.
Leemos en Malaquías 4:1:
"Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama."
También en 2 Tesalonicenses 1:9:
"...los cuales sufrirán la pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder."
El Espíritu de Dios, hablando por medio de Salomón en los Proverbios, usa el siguiente lenguaje:
"Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre." (Proverbios 10:25)
Y además en Proverbios 2:22:
"Mas los impíos serán cortados de la tierra, y los prevaricadores serán de ella desarraigados."
David emplea la siguiente figura para el mismo propósito:
"Mas los impíos perecerán, y los enemigos de Jehová como la grasa de los carneros serán consumidos; se disiparán como el humo." (Salmos 37:20)
Y leemos en Salmos 49:6,11-14,16-20:
"Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan...Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus habitaciones para generación y generación; dan sus nombres a sus tierras. Mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen. Este su camino es locura; con todo, sus descendientes se complacen en el dicho de ellos.
Como a rebaños que son conducidos al Seol, la muerte los pastoreará, y los rectos se enseñorearán de ellos por la mañana; se consumirá su buen parecer, y el Seol será su morada...No temas cuando se enriquece alguno, cuando aumenta la gloria de su casa; porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria. Aunque mientras viva, llame dichosa a su alma, y sea loado cuando prospere, entrará en la generación de sus padres, y nunca más verá la luz. El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen."
De su estado final leemos en Isaías 26:14:
"Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste, y deshiciste todo su recuerdo."
La enseñanza de estos pasajes se explica por sí sola; está expresada con una claridad de lenguaje que no deja lugar a mayor comentario. Es la doctrina expresada por Salomón cuando dice: "El nombre de los impíos se pudrirá" (Proverbios 10:7). Los inicuos, que son una ofensa para Dios y una aflicción para ellos mismos, y de ninguna utilidad para nadie, finalmente serán consignados al olvido, donde su nombre mismo desaparecerá. No escapan al castigo, pero de este y de aquellos pasajes que parecen favorecer la doctrina popular, trataremos en el próximo capítulo.
Del Libro La Cristiandad Extraviada
por Robert Roberts
Si buscamos información sobre esta cuestión en los sistemas religiosos, se nos hablará de un insondable abismo de fuego, lleno de espíritus malignos de forma horrible, en el cual están reservados los más refinados tormentos para aquellos que disgustaron a Dios mientras se hallaban en su estado mortal.
En el primer plano de este espeluznante cuadro, veremos maldicientes demonios burlándose de los condenados: hombres y mujeres retorciéndose las manos en eterna desesperación; y un fustigante océano de tinieblas, fuego y horrible confusión expandiéndose por todos lados y bajando hasta la más grande profundidad. ¡Se nos dirá que Dios, en sus eternos consejos de sabiduría y misericordia, ha decretado este espantoso triunfo de la maldad!
¿Lo creemos? Hay ciertas verdades elementales, que por una lógica casi intuitiva, excluyen la posibilidad de que esto sea cierto. Si Dios es el Ser misericordioso de orden, justicia y armonía que enseñan las Escrituras, ¿cómo es posible que, con toda su presciencia y omnipotencia, permita que las nueve décimas de la raza humana lleguen a existir sin tener otro destino que el de la tortura?
En vez de creer semejante doctrina, muchos hombres rechazan la Biblia del todo, y aun eliminan a Dios de entre sus creencias, buscando refugio en las tranquilas pero tristes doctrinas del racionalismo. Muchos son impulsados a esto al no saber, desafortunadamente, que la Biblia no es responsable de tal doctrina. Es una ficción pagana. Debiera saberse, para el consuelo de todos los que han quedado perplejos ante tan terrible dogma, y que sin embargo han vacilado en renunciar a él, por temor de verse también obligados a dejar de lado la Palabra de Dios, que semejante doctrina es completamente contraria a las Escrituras y angustiosamente espantosa.
Toda la enseñanza de la Biblia con respecto al destino de los inicuos está resumido en tres palabras en Salmos 37:20: "Los impíos perecerán." Pablo explica esto en Romanos 6:23: "La paga del pecado es muerte." La muerte, la extinción de la existencia, es el resultado predeterminado de una vida pecaminosa. "El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción" (Gálatas 6:8). Que segar corrupción es equivalente a la muerte, es evidente por Romanos 8:13: "Si vivís conforme a la carne, moriréis." La corrupción produce la muerte, de modo que la una es equivalente a la otra.
Tanto los justos como los inicuos mueren; por lo tanto, se argumenta que debe haber alguna otra muerte aparte de la muerte física. La respuesta es que la muerte que todos los hombres experimentan no es una muerte judicial; no es la muerte final que sufrirán aquellos que sean responsables ante el juicio. La muerte ordinaria sólo pone fin a la vida mortal de un hombre. Habrá una segunda muerte, final y destructiva.
Cuando aparezca Cristo, los injustos se habrán de presentar para el proceso judicial y su sentencia de que, después de recibir el castigo que merezcan, serán destruidos en muerte, por segunda vez, por medio de una agencia violenta y divinamente gobernada. A esto se refiere Jesús cuando dice: "Todo el que [en la vida actual] quiera salvar su vida, la perderá [en la resurrección, en la segunda muerte]; y todo el que pierda su vida por cause de mí y del evangelio, la salvará" (Marcos 8:35). Toda la enseñanza de la Escritura está en armonía con este tema.
Leemos en Malaquías 4:1:
"Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama."
También en 2 Tesalonicenses 1:9:
"...los cuales sufrirán la pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder."
El Espíritu de Dios, hablando por medio de Salomón en los Proverbios, usa el siguiente lenguaje:
"Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; mas el justo permanece para siempre." (Proverbios 10:25)
Y además en Proverbios 2:22:
"Mas los impíos serán cortados de la tierra, y los prevaricadores serán de ella desarraigados."
David emplea la siguiente figura para el mismo propósito:
"Mas los impíos perecerán, y los enemigos de Jehová como la grasa de los carneros serán consumidos; se disiparán como el humo." (Salmos 37:20)
Y leemos en Salmos 49:6,11-14,16-20:
"Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan...Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus habitaciones para generación y generación; dan sus nombres a sus tierras. Mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen. Este su camino es locura; con todo, sus descendientes se complacen en el dicho de ellos.
Como a rebaños que son conducidos al Seol, la muerte los pastoreará, y los rectos se enseñorearán de ellos por la mañana; se consumirá su buen parecer, y el Seol será su morada...No temas cuando se enriquece alguno, cuando aumenta la gloria de su casa; porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria. Aunque mientras viva, llame dichosa a su alma, y sea loado cuando prospere, entrará en la generación de sus padres, y nunca más verá la luz. El hombre que está en honra y no entiende, semejante es a las bestias que perecen."
De su estado final leemos en Isaías 26:14:
"Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste, y deshiciste todo su recuerdo."
La enseñanza de estos pasajes se explica por sí sola; está expresada con una claridad de lenguaje que no deja lugar a mayor comentario. Es la doctrina expresada por Salomón cuando dice: "El nombre de los impíos se pudrirá" (Proverbios 10:7). Los inicuos, que son una ofensa para Dios y una aflicción para ellos mismos, y de ninguna utilidad para nadie, finalmente serán consignados al olvido, donde su nombre mismo desaparecerá. No escapan al castigo, pero de este y de aquellos pasajes que parecen favorecer la doctrina popular, trataremos en el próximo capítulo.
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