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domingo, 1 de mayo de 2016

Jesús trabaja "con" los creyentes

Jesús trabaja "con" los creyentes
J Dan Gill



La cuestión de traer a sus semejantes a la paz con Dios era y "es" la principal misión de Jesús Cristo. Es Jesús el que le dice a Tomás que "yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí." (Juan 14: 6). Ese principio es inmutable y permanece después que fue tomado arriba hasta este mismo momento (Hechos 4:12, Heb. 7:25). Los discípulos de Jesús Cristo son un pueblo que están llamados a participar con él en lo que es esencialmente su obra (Hechos 5:31; 13:23). Jesús no dejó a sus discípulos para continuar este gran esfuerzo sin él.

Como hemos estado viendo, es por el poder insondable de Dios que Jesús es capaz de continuar una relación personal con sus discípulos después de que fue tomado  al cielo. Por el espíritu de Dios, continúa enseñando, disponiendo, corrigiendo y dirigiendo las actividades de su pueblo. Esto es de acuerdo al diseño de Dios y llevado a cabo por la maravillosa conexión del espíritu santo entre Jesús y sus discípulos.

A medida que se acercaba el momento de su partida de ellos, Jesús les habló para confortarles y animarles para los días venideros. Observe sus últimas palabras registradas por Mateo: "Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mat. 28:20). Su promesa en Mateo 28:20 no es que él estará con ellos "en" el fin de la edad. Más bien se trata de que él estará con ellos "hasta" al final de la edad. Hasta que vuelva "en su cuerpo", seguirá estando con ellos a través del espíritu.

Cuando se entiende con la razón, reconocemos que la entrega del espíritu no fue con el propósito de "reemplazar" a Cristo o ser una "sustitución" para él durante su ausencia.11 Por el contrario, el espíritu fue dado por él a sus discípulos para que pueda venir a estar presente con ellos y cooperar en el trabajo que les había llamado a hacer. Por lo tanto, es por el espíritu que Jesús es la cabeza activa de su iglesia.

Note su promesa anterior a ellos: "Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mat. 18:20). Jesús promete aquí que cuando su pueblo se reúna con fines de su causa (es decir, "en su nombre") - él estará allí. ¿Qué consuelo sería decir que estaría en medio de ellos si es que no quiere jugar ningún papel activo con ellos en el trabajo? Esto se ve muy directamente en la cuenta de la última reunión de Jesús con sus discípulos en Marcos previo a que fuera llevado al cielo.

Después de que fueron instruidos en relación con las muchas cosas que harían "en su nombre", Marcos escribe a continuación: Así que el señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos salieron y proclamaron las buenas nuevas en todas partes, colaborando el señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban (Marcos 16:19, 20).

La versión amplificada capta bien el sentido de la declaración de Marcos en el verso 20: Y ellos salieron y predicaron por todas partes, mientras que el señor siguió trabajando con ellos y confirmando la Palabra con las señales que atestiguaron y milagros que les acompañaron. Amén (así sea). Que Jesús se dedica personalmente en la obra del Evangelio después de su ascensión no debe sorprendernos en gran medida. Por ejemplo, su capacidad de sanar a pesar de no estar presente ya fue establecida por el caso del criado del centurión (Mat. 8: 5-13). Hay, por su autoridad, Jesús habló y el criado fue sanado. Sin embargo, Jesús no estaba presente con él.

Después de ser recibido arriba, la única diferencia es más distancia. Su autoridad para actuar desde el cielo todavía es aún mayor de lo que era en la tierra. Este trabajo activo de Cristo es tan entrelazado con la misión y las actividades de sus discípulos que lo hace todas las cosas "en su nombre". Y el mismo Jesús está específicamente reconocido como estando en el trabajo. Pedro expresa esto cuando Eneas es sanado: Pedro le dijo: "Eneas, Jesús Cristo te sana;! Levántate y haz tu cama" E inmediatamente se levantó (Hechos 9:34).

Podría decirse que, una indicación más notable de la obra de Cristo con su pueblo después de que fue llevado al cielo se encuentra en la entrega inicial del espíritu en el día de Pentecostés. Pedro a la hora de explicar al público lo que estaba ocurriendo ese día hace esta declaración acerca de Jesús: "Así que, exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, [Jesús] ha derramado esto que vosotros veis y oís" (Hechos 2:33). Es Jesús el que ha "derramado." 12 Y, existe una relación directa entre lo que las personas estaban "oyendo" y Jesús  Cristo.

Esto demuestra algo muy profundo: a diferencia de cualquier otro, Dios ha dado a Jesús la capacidad de comunicarse con su pueblo por el espíritu de Dios. Pablo recoge este pensamiento en su carta a los Gálatas: Y debido a que son hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: "¡Abba, Padre!" (. Ga 4, 6). El espíritu del hijo de Dios se manifiesta a su pueblo por el Espíritu de Dios. Esto es extraordinario y totalmente único. Sin embargo, este es el plan de Dios y los medios para permitir que Jesús Cristo continúe en relación con su pueblo.

Pablo nos trae otra alusión a esto en su carta a los Romanos. Después de hablar del espíritu de Cristo en Romanos 8: 9, Pablo escribe más adelante: Que usted no ha recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción. Así es como clamamos: "¡Abba, Padre!" (Romanos 8:15). Ser como el hijo de Dios puede hablar a su pueblo por medio del espíritu santo, esto también hace sentido a las observaciones de Pablo en el mismo capítulo de Romanos en cuanto a la intercesión del espíritu de Dios en nombre de su pueblo: De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; Pues nosotros no sabemos que pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y él, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios (Rom. 8:26, 27).

Esto también se corresponde bien con las palabras de Pablo a los Filipenses: porque yo sé que por vuestra oración y la ayuda del Espíritu de Jesús Cristo, esto resultará en mi liberación (Filip 1:19). Todo lo que tenemos como necesidad, Dios proporciona para nosotros por medio de Jesús. Esto es de acuerdo a la voluntad de la propia promesa de Dios y de Jesús (Juan 14:13, 14).

Una vez más, "por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud". El liderazgo activo de Jesús por sus discípulos después de haber sido llevado al cielo también se observa en muy gran medida en que él fue el dador de "dones" a su pueblo, y se pone fin dando el papel que desempeñará cada persona.

Note estas palabras de Pablo a los Efesios acerca de Jesús: Pero a cada uno de nosotros se ha dado la gracia como don de Cristo. Es por esto que dice: "Cuando ascendió a lo alto, llevó cautivos y dio dones a los hombres ...." (Ef 4, 7, 8 - NVI.). En el versículo 11 Pablo continúa diciendo: Fue él [Jesús] que constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para que el cuerpo de Cristo sea edificado ( . Ef 4:11, 12 - NVI).

11 A veces se oye entre los cristianos que ahora es "la era del espíritu santo." Es decir que es el espíritu santo, que vendría en ausencia de Cristo y que es el Espíritu que conduce a la iglesia. Se trata de un desafortunado malentendido del papel que desempeña el espíritu en relación con el pueblo de Dios. Una vez más, el espíritu se da no como "sustituto" de Cristo, sino más bien como un medio para "Cristo" dirigir la iglesia y continuar con su pueblo

12 Es sorprendente que el mismo Jesús "derrama el espíritu." (Hechos 2:33 cp. Hechos 2:17, donde la palabra "cheo" se utiliza en ambos casos).

lunes, 24 de octubre de 2011

La Oracion fuente de Poder por Bounds

El descanso para el ministro debe ser como la máquina de afilar para la hoz que se usa solamente cuando es necesario para el trabajo. ¿Puede un médico durante una epidemia descansar más de lo indispensable para su salud mientras los pacientes están esperando su ayuda en casos de vida o muerte? ¿Puede el cristiano contemplar a los pecadores en las agonías de la muerte, y decir: “Dios no me pide que me afane por salvarlos?” ¿Es esta la luz de la compasión ministerial y cristiana o más bien hablan la pereza sensual o la crueldad diabólica?

Richard Baxter

Busca la santidad en todos los detalles de la vida. Toda tu eficiencia depende de esto, porque tu sermón dura solamente una o dos horas pero tu vida predica toda la semana. Si Satanás logra hacerte un ministro codicioso, amante de adulaciones, del placer, de la buena mesa, habrá echado a perder tu ministerio. Entrégate a la oración para que tus textos, tus oraciones y tus palabras vengan de Dios. Lutero pasaba en oración las mejores tres horas del día.

Robert Murray McCheyne

I. El hombre, instrumento del Espíritu.

Constantemente nuestra ansiedad llega a la tensión, para delinear nuevos métodos, nuevos planes, nuevas organizaciones para el avance de la Iglesia y para la propagación eficaz del Evangelio. Esta tendencia nos hace perder de vista al hombre, diluyéndolo en el plan u organización. El designio de Dios, en cambio, consiste en usar al hombre, obtener de él más que de ninguna otra cosa. El método de Dios se concreta en los hombres. La Iglesia busca mejores sistemas; Dios busca mejores hombres. Fue un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. La dispensación que anunció y preparó el camino para Cristo estaba ligada al hombre Juan. "Niño nos es nacido, hijo nos es dado". La salvación del mundo proviene de este Hijo del pesebre. Cuando Pablo recomienda al carácter personal de los hombres que arraigaron el Evangelio en el mundo nos da la solución del misterio de su triunfo.

La gloria y eficiencia del Evangelio se apoyan en los hombres que lo proclaman. Dios proclama la necesidad de hombres para usarlos como el medio para ejercitar su poder sobre el mundo, con estas palabras: “Los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para corroborar a los que tienen corazón perfecto para con Él”. Esta verdad urgente y vital es vista con descuido por la gente de nuestra época, lo que es tan funesto para la Obra de Dios como sería arrancar el sol de su esfera, pues produciría oscuridad, confusión y muerte. Lo que la Iglesia necesita hoy día, no es maquinaria más abundante o perfeccionada, ni nuevas organizaciones, ni métodos más modernos, sino hombres que puedan ser usados por el Espíritu Santo; hombres de oración, poderosos en la oración. El Espíritu Santo no pasa a través de métodos, sino de hombres. No desciende sobre la maquinaria, sino sobre los hombres. No unge a los planes, sino a los hombres: los hombres de oración.

Un historiador eminente ha dicho que los accidentes del carácter personal tienen una parte más importante en las revoluciones de las naciones que la admitida por ciertos historiadores filosóficos o políticos. Esta verdad tiene una aplicación plena en lo que se refiere al Evangelio de Cristo, porque el carácter y la conducta de sus fieles seguidores, cristianizan al mundo y transfiguran a las naciones y a los individuos.

El buen hombre y el éxito del Evangelio están confiados al predicador, pues o entrega el verdadero mensaje divino, o lo echa a perder. Él es el conducto de oro para el aceite divino. El tubo no solo debe ser de oro, además tiene que estar limpio para que nada obstruya el libre paso del aceite, y sin agujeros para que nada se pierda.

El hombre hace al predicador, Dios tiene que hacer al hombre. El mensajero, si se nos permite la expresión, es más que el mensaje. Como la leche del seno de la madre no es sino la vida de la madre, así todo lo que el predicador dice está saturado por lo que él es. El tesoro está en vasos de barro y el sabor de la vasija impregna el contenido y puede hacerlo desmerecer. El hombre -el hombre entero- está detrás del sermón. Se necesitan veinte años para hacer un sermón, porque se requiere veinte años para hacer un hombre. El verdadero sermón tiene vida. Crece juntamente con el hombre. El sermón es poderoso cuando el hombre es poderoso. El sermón es santo si el hombre es santo. El sermón estará lleno de unción divina siempre que el hombre esté lleno de la unción divina.

Pablo solía decir: “Mi Evangelio”, no porque lo había degradado con excentricidades personales o desviadas con fines egoístas, sino porque el Evangelio estaba en el corazón y en la sangre del hombre Pablo como un depósito personal para ser dado a conocer con sus rasgos peculiares, para que impartiera al mismo el fuego y el poder de su alma indómita. ¿Qué se ha hecho de los sermones de Pablo? ¿Dónde están? ¡Son esqueletos, fragmentos esparcidos, flotando en el mar de la inspiración! Pero el hombre Pablo, más grande que sus sermones, vive para siempre, con la plenitud de su figura, facciones y estatura, con su mano modeladora puesta sobre la iglesia. La predicación no es más que una voz. La voz muere en el silencio, el texto es olvidado, el sermón desaparece de la memoria; el predicador vive.

El sermón con su poder vivificador no puede elevarse sobre el hombre. Los hombres muertos producen sermones muertos que matan. Todo el éxito depende del carácter espiritual del predicador. Bajo la dispensación judía el sumo sacerdote inscribía con piedras preciosas sobre un frontal de oro las palabras: “Santidad a Jehová”. De una manera semejante todo predicador en el ministerio de Cristo debe ser modelado y dominado por el mismo lema santo. Es una vergüenza para el ministerio cristiano tener un nivel más bajo en santidad de carácter y de aspiración que el sacerdocio judío. Jonathan Edwards decía: “Perseveré en mi propósito firme de adquirir más santidad y vivir más de acuerdo con las enseñanzas de Cristo. El cielo que yo deseaba era un cielo de santidad”.

El Evangelio de Cristo no progresa por movimientos populares. No tiene poder propio de propaganda. Avanza cuando marchan los hombres que lo llevan. El predicador debe personificar el Evangelio, incorporarse sus características más divinas. El poder compulsor del amor ha de ser en el predicador una fuerza ilimitada y dominadora; la abnegación, parte integrante de su vida