martes, 12 de enero de 2010

La Biblia: El libro prohibido (parte I)

La Biblia: El libro prohibido
Departamento de profecías bíblicas

Con sus miles de dioses en el primer siglo de la era cristiana, el estado romano era la forma más refinada que tenía Satanás para controlar al pueblo de Dios y su creación. La religión era puro misticismo. El monoteísmo era la madre y hermana gemela de la desesperación, lo cual era evidente por el pueblo judío pisoteado y dividido. La gloria del Shekinah de Israel había partido. Las diez tribus del reino unido de David habían sido dispersadas 700 años antes y la mayoría de judíos desde el cautiverio en Babilonia habían rehusado regresar a su tierra natal. El desasosiego civil en Palestina era desenfrenado y la nación estaba gobernada por Herodes, un demonio. Todos los caminos conducían a Roma y la desesperanza caracterizaba la nación bajo el dominio romano. Bretaña era el extremo de la tierra y una espina en el costado de Roma, ya que su pueblo era el único capaz de enfrentarse a las legiones romanas y luchar de pie. Los británicos eran un pueblo extraordinario con un destino fuera de lo común.


¿Cuántas personas hoy saben que Constantino era británico? Todos los registros prueban este hecho, pero la historia se rescribió en favor de un origen y autoridad diferentes para la iglesia cristiana. Cuando él asumió el título de César romano, Roma se convirtió en la sede de la iglesia cristiana y así se cambió el lugar de origen del cristianismo a fin de validar su autoridad. Para el año 590 de la era cristiana, 275 años después de Constantino, el Papa Gregorio envió a Agustín a "cristianizar" a Inglaterra, pero Agustín fielmente registró que el cristianismo ya existía en Inglaterra muchos siglos antes de su llegada.


La tradición enseña que la iglesia madre donde se originó el cristianismo en Inglaterra estaba en Glastonbury, y que fue fundada por José de Arimatea en el año 36, sólo tres años después de la muerte y resurrección de Jesús, siendo pastoreada posteriormente por él mismo. Esta nueva religión cristiana sobrepasó el druidismo y se propagó hasta Gales, Cornwall, Escocia e Irlanda. Solidificó a un pueblo destinado a enfrentarse a las legiones romanas en un asedio que prevaleció por 300 años.


Se necesitó de la encarnación, de que el propio Dios se hiciera carne, para acabar con el mito de Roma y quebrantar el dominio de Satanás en la tierra. Jesús lo hizo mediante la obediencia al Padre, no a través de una revolución pacífica tal como la que llevó a cabo Gandhi. En el mundo judeo cristiano, la forma más eficaz de resistir la tiranía es obedeciendo a Dios, pero este punto de vista lo rechaza el mundo secular. En la Palabra de Dios está registrado que el Creador tiene control sobre la historia. Sus libros están colmados con recuentos de personas cuyo mayor anhelo era llegar al cielo mediante la obediencia y paciencia, ya que Dios tiene cientos de promesas para todos los que confían en él. La Biblia no es el hombre en una búsqueda continua por Dios, sino la historia de Dios descendiendo del cielo y viniendo a buscar al hombre.


Jesucristo fue un revolucionario que confundió a sus antagonistas. César era considerado un dios con todo el poder y autoridad que le otorgaba esa posición. El imperio romano era la obra maestra de Satanás, el aparato perfeccionado después de todas sus fallas con Babilonia, Asiria, Persia y Grecia. No obstante, el Señor Jesucristo sólo necesitó cinco segundos para despojar a César de toda su deidad, cuando dijo: "Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mt. 22:21). En el proceso, César se convirtió en sólo otro rey y Dios fue restaurado para siempre a su posición eterna.


Los mil años que Satanás pasó perfeccionando su sistema para tomar control de la tierra, fueron destruidos en el lapso de tiempo que necesitó el Señor para pronunciar estas 17 palabras. Jesucristo fue "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn. 1:29). Eso fue una realidad cuando se hizo obediente hasta morir en la cruz. Con su muerte y sepultura, la ley fue satisfecha y con su resurrección el hombre fue justificado, ¡porque él vive! Sus últimas palabras antes de ascender al Padre contienen la gran comisión: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mt. 28:19).


El fruto del trabajo de José de Arimatea en Inglaterra, se extendió hasta la costa oeste de Escocia en donde se encuentra la pequeña isla de Iona, de sólo cuatro kilómetros de largo por dos kilómetros 400 metros de ancho, con unos cientos de hectáreas de terreno cultivable. Allí en el año 564, durante la cristianización de Europa, un misionero de Irlanda llamado Columba estableció una escuela de predicadores. Por 34 años evangelizaron el territorio principal y las islas vecinas.


El colegio en Iona era difícilmente un monasterio, al profesorado le permitían casarse y el programa de estudios estaba designado para entrenar eruditos y misioneros para que partieran como soldados de Cristo, conquistando y ocupando los territorios aledaños habitados por paganos. En esta pequeña isla se encontraba una escuela que hizo más que todo el cristianismo combinado, durante la edad del oscurantismo, período que abarcó entre los años 500 al 800, predicó un evangelio puro en todas partes de Bretaña y Europa.


A los eruditos y estudiantes de Iona se les llamaba "Culdees". Proclamaban la autoridad de la Escritura y convocaban por el establecimiento de ancianos o presbíteros en cada iglesia para que las gobernaran. Reclamaban su origen desde los apóstoles Juan y Pablo. Esta doctrina estaba en conflicto con el cristianismo romano y finalmente terminaron por chocar. La iglesia Culdee era clandestina en 1297, cuando la iglesia romana prohibió los centros de aprendizaje y dispersó a los maestros. Estos maestros continuaron su trabajo en partes remotas de Escocia y más allá, pero después del año 1297 la antigua iglesia Culdee desapareció como una organización visible.


Conforme la fe antigua avanzaba en forma secreta, sus herederos continuaban promoviendo la reforma. Estos reformadores se encontraban en cada país mucho antes de la Reforma. La persecución mantuvo a estos movimientos ocultos, pero a todo lo ancho de Escocia se encontraban grupos pequeños que miraban al Señor Jesucristo como al único mediador entre Dios y los hombres. En Inglaterra, John Wycliffe fue un producto de la doctrina Culdee y sus seguidores llegaron a ser conocidos por el nombre con que los reconocemos hoy, como Lolardos. En 1494, 30 personas llamadas "Los Lolardos de Kyle", cerca de Glasgow, fueron llevadas ante el arzobispo acusadas de herejía. Se supo luego que su herejía consistía en practicar las doctrinas antiguas de la iglesia Culdee.


La garra mortal de Satanás sobre Inglaterra en los días de Wycliffe y durante las 14 décadas que conllevaron a la Reforma, recordaban al tiempo de Roma. El diablo le había negado al pueblo de Dios su Palabra y tenía sujeta a la iglesia con la noción de que era mejor obedecer las leyes del gobierno que a Dios. El Señor, así como consiguió al apóstol Pablo en el siglo primero, encontró a John Wycliffe y a John Huss en el siglo XIV, a John Colet y Girolamo Savonarola en el siglo XV y a William Tyndale y Martín Lutero en el siglo XVI. Dios siempre usa a siervos que confían en él y le obedecen, para restaurar a los hombres en sus caminos.


El Señor condujo su orquesta de santos, preparó y le dio forma al campo de batalla para la guerra que se avecinaba. Obedientemente Wycliffe tradujo y entrenó a sus estudiantes los Lolardos, quienes practicaban sus enseñanzas y se convirtieron en instrumentos para distribuir la Palabra de Dios y proveer una selección de nuevos Pablos, para que actuaran cuando llegara la hora de decidir. Su valor y paciencia fueron verdaderamente admirables. Ya para finales del siglo XV, 1.500 años después de la muerte de Wycliffe, la evidencia circunstancial llevó a John Colet a convertirse en el líder secreto de los Lolardos y la evidencia directa nos insta a creer que los Lolardos secretamente influyeron en muchos de los reformadores, incluso sin que se dieran cuenta, a fin de que llevaran a cabo la agenda secreta de hacer que la Palabra de Dios estuviera accesible a las naciones. Sabemos que Colet financió a Erasmo, influyó en Tyndale y fue personalmente responsable de que todos pudieran leer las palabras de Pablo. Una circunstancia similar fue la que experimentó Staupitz, el benefactor de Lutero, quien se advirtió de sus cualidades y consideró que eran necesarias para llevar a cabo la Reforma en Alemania. Fue Staupitz quien le dio a Lutero su primera Biblia y lo animó a predicar en público.


Son muchos los que han ayudado o influido en la vida de siervos de Dios, que predicaron el evangelio. Ignoramos sus nombres, sólo el Señor los conoce, tal como esos cristianos en Damasco que ayudaron a Pablo: "Entonces los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro, descolgándole en una canasta" (Hch. 9:25). Ellos sin embargo, recibirán las recompensas eternas de los apóstoles y reformadores por su obediencia y sacrificio. La última petición del apóstol Pablo en la tierra, preservada en 2 Timoteo, fue de que Timoteo le llevara los libros y pergaminos. Era el año 66 de la era cristiana y las últimas palabras que escribió Pablo, estaban designadas a solidificar el registro para esos que vendrían después. La piedra angular para las iglesias establecidas por Pablo fue: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2 Ti. 3:16).


Durante los 33 años que siguieron a la resurrección del Señor, el Espíritu Santo escogió a hombres como instrumentos para que escribieran las cartas y libros que conforman el Nuevo Testamento. Estos escritos cesaron para finales del primer siglo y se convirtieron en la norma para los cristianos en dondequiera que se predicaba el evangelio. Por 500 años el mensaje fue traducido al latín, armenio, siriaco, cóptico y en el idioma de todos los que recibieron el evangelio.


La ley hebrea, traducida al griego, se conoció como la Septuaginta o Versión de los Setenta y fue reconocida como el canon del Antiguo Testamento. En el año 397el Sínodo de Cartago oficialmente declaró 27 libros como el Nuevo Testamento y a la Septuaginta como el Antiguo Testamento, con una nota sobre los 14 libros apócrifos incluidos como instrucción e historia, pero no como escritos inspirados.


En Belén, Jerónimo, el lingüista y erudito más destacado de su tiempo, fue comisionado por el Papa Dámaso para traducir estos libros de los manuscritos en griego que estaban en su posesión. Quinientos años después la iglesia occidental aceptó universalmente La Vulgata. Conforme pasó el tiempo, La Vulgata fue adulterada al copiarla, la interpretación del canon quedó limitada a unas cuantas docenas de eruditos en cada generación quienes usurparon la habilidad del Espíritu Santo para actuar por medio de la instrucción individual, tal como se hizo en el principio. Ese era el estado de las cosas para los años 1380, el día de Wycliffe; para 1516, el día de Erasmo y en el 1525, el tiempo de Tyndale.

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